Ignis Ardens

El objeto del blog es dar a conocer meditaciones sermones y recopilaciones, de las cuales no somos autores y que consideramos de provecho espiritual. Nuestro mail es ardensignis@gmail.com

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jueves, 13 de marzo de 2008

Cuaresma V

San Jerónimo penitente (Abraham Bloemaert Dutch 1566-1651)



BAUTISMO CON LÁGRIMAS DE COMPUNCIÓN Y DEL DESEO:
CRISTIANOS FERVIENTES

· COMPUNCIÓN DE LÁGRIMAS POR EL PECADO

En los primeros tiempos del cristianismo, no existía la gracia de la Confesión Sacramental como la tenemos hoy y de la cual tan poco fruto sacamos por nuestra poca fe y humildad. Si bien ya se practicaba la acusación personal ante los sacerdotes por faltas menores, esto era extraordinario. También se cometían faltas graves privadas tanto de pensamiento como de obra. ¿Qué hacer ante la experiencia de las propias tendencias pecaminosas, ante la rebeldía del hombre viejo de pecado ante las solicitaciones de la concupiscencia de la carne?.

¿Qué seguridad de perdón divino podía tenerse ante faltas graves pasadas y no confesadas públicamente?. ¿Cómo sanar una infinita gama de pecados veniales que venían a enfermar y a herir al alma?. ¿Cómo hacer desaparecer el recuerdo de pecado cometido que reaparece en el interior volviendo a tentarnos?. ¿Cómo sanar tantas heridas abiertas por el pecado?. Los Padres cuando hablan de la virtud de la Penitencia siempre se refieren además al don de lágrimas. Y ellas constituyen la mejor manifestación de la penitencia sincera, profunda, porque ellas cristalizan la conciencia de pecado y del arrepentimiento de corazón.

Por eso, estas lágrimas de Penitencia eran para el común de los fieles durante toda la vida, y sobre todo en Cuaresma un modo especial de bautismo, de purificación. Eran como las aguas bautismales que devuelven el Espíritu, la gracia y la vida al alma. Eran el modo de participar de la Pascua de Cristo. Las aguas abundantes que nacían de las ardientes lágrimas de arrepentimiento, tenían para los Padres el mismo efecto que las aguas bautismales. Por eso dice S Ambrosio que la Iglesia: posee el agua y las lágrimas, es decir, el agua del bautismo y las lágrimas de la penitencia[1].

Decía S Juan Crisóstomo: El fuego del pecado es intenso, y se apaga por una pequeña cantidad de lágrimas; pues las lágrimas apagan un brasero de faltas, lavan y sanean del pecado. David da testimonio de ello y muestra el poder de las lágrimas cuando dice: “Lavaré cada noche mi lecho y lo regaré con mis lágrimas”. Si hubiese querido destacar la abundancia de lágrimas, hubiera bastado que dijera: “regaré con lágrimas”. Entonces, ¿por qué añade “lavaré”?. Para mostrar que las lágrimas son un baño y un purgatorio para las faltas[2].

Para S Gregorio de Nacianzo, las lágrimas son el IV° bautismo. ¿Cuáles son los otros tres?. El de Moisés, en el agua era simplemente alegórico. El de S Juan Bautista, superior pero de penitencia. El del martirio, en la sangre, es el más perfecto porque el mismo Cristo lo recibió. Y por fin, el de las lágrimas que consiste en bañar cada noche con lágrimas el lecho, a vivir en duelo y tristeza como Manasés y los ninivitas[3].

Para S Benito la oración con lágrimas es una de las prácticas fundamentales para el monje en Cuaresma: En estos días de Cuaresma guarden su vida con toda pureza, y borren así mismo todas las negligencias de los otros tiempos en estos días santos. Lo cual cumpliremos dignamente si nos abstenemos de todo vicio, nos damos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia[4]. Para su época, la vida monástica ya era un segundo bautismo, y los monjes eran no solo asociados a los mártires sino a los penitentes públicos. Por eso, era común commutar una pena pública haciéndose monje o viviendo un tiempo como monje en un monasterio. Pero S Benito no hace sino institucionalizar aquello a lo que estaban llamados todos los bautizados, sea rememorando la liberación del pecado original por el bautismo, sea recordando las faltas cometidas contra Dios y el prójimo después del bautismo.

Todos los pecados cometidos y perdonados nos dejan heridas que hay que cerrar: raíces de malos hábitos, tendencias, fantasmas en la memoria, prejuicios... El corazón no está totalmente puro en sus raíces. Por eso, el recuerdo de las faltas con el agua de las lágrimas termina de purificar lo que se comenzó en el bautismo sacramental, y luego de la absolución o perdón sacramental. Esta es la razón de insistir en las lágrimas: Confesar a Dios todos los días en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas[5]. Y en otro lugar: Ore con lágrimas y fervor de corazón[6]. Y por fin esta bellísima enseñanza: Pensemos que somos oídos (en la oración) no por el mucho hablar sino por la pureza del corazón y compunción de lágrimas[7].

· LÁGRIMAS DEL DESEO DE DIOS

Muchas veces olvidamos que la Cuaresma es el tiempo en que la Iglesia Esposa llora la ausencia de Cristo, su Esposo que le ha sido arrebatado. Son lágrimas no por el pecado, sino por la ausencia del Amado. Lágrimas y ayuno que revelan al corazón vacío del amante que desea ardientemente la pronta presencia del Amado en Pascua. S Agustín dice al respecto de modo único:

Todo cristiano que ayuna según el espíritu de la Iglesia, lo hace para humillar su alma, movido por una fe sincera, orando con lágrimas y mortificando su cuerpo, para liberarse de los atractivos y placeres de la carne y procurar a su alma las dulzuras espirituales de la verdad y de la sabiduría de que está privada: por eso consiente en sufrir hambre y sed. Nuestro Señor se explicó acerca de estas dos especies de ayuno cuando respondió a los que le interrogaban por qué sus discípulos no ayunaban. Acerca del primero dijo: “Los amigos del Esposo no pueden gemir mientras está con ellos el esposo. Pero vendrá la hora en que el Esposo les será arrebatado y entonces ayunarán”... Puesto que el Esposo nos ha sido quitado nos ha llegado el tiempo de llorar. Él “Es el más hermoso entre los hijos de los hombres y en sus labios se derrama la gracia”. Sin embargo, “en manos de los que le perseguían perdió toda su belleza y esplendor y su vida fue tronchada en la tierra” (Is 53, 2-8).

Y justas son nuestras lágrimas si brotan de nuestro ardiente deseo (Et recte lugemus, si flagramus desiderio ejus). Felices aquellos que antes de su Pasión pudieron gozar de su presencia, interrogarle cuando querían y escucharle como debían. Por eso, dice a sus discípulos: “Muchos justos y profetas quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron”. Pero en nosotros se cumple aquello que dice en otro lugar: “Días vendrán en que desearéis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no podréis”. ¿Quién no arderá en santos deseos? (¿Quis non sancti desiderii flamma urátur?). ¿Quién no llorará?. ¿Quién no exclamará: “Mis lágrimas son mi pan día y noche, mientras cada día me repiten: ¿dónde está tu Dios?”. (Psal 41, 4)... Con razón el Apóstol deseaba disoverse para estar con Él, y consideraba que permanecer en esta vida no era lo mejor para sí mismo, sino “una necesidad con relación a nosotros” [8]


P GUILLERMO RICARDO J CASTILLO OSB



[1] S AMBROSIO: Epistola 41, 12. PL 16, 1116.
[2] S JUAN CRISÖSTOMO: De Penit. Hom 7, n° 5.
[3] Oratio 39: In sacra Lumina n° 17.
[4] Reg 49, 2-5.
[5] Reg. 4, 57.
[6] Reg 52, 4.
[7] Reg 20, 3.
[8] S AGUSTÍN: Sermo 210, 5-7.

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