Cuaresma IV
El regreso del hijo pródigo (Bartolomé Esteban Murillo s XVII)LAS TRES AGUAS PURIFICADORAS DE CUARESMA
Apreciamos que en Cuaresma brotaban tres tipos de agua que conferían tres bautismos, tres diferentes formas de participar del Único Bautismo en el Agua y la Sangre de Cristo:
· El Agua de la Vigilia Pascual, para los catecúmenos adultos.
· El agua de las lágrimas de los Penitentes.
· Las lágrimas de compunción de la penitencia de los simples y fervorosos cristianos que anhelaban Pascua.
Al llegar el s VI no bastan los cuarenta días de preparación, por lo que el ayuno se extiende a siete semanas, y aparece el Domingo de Quincuagésima. Parece que esto aún no era suficiente: a fines del s VI se añade otra semana más: nacía el Domingo de Sexagésima. Por fin, a comienzos del s VII y por los mismos motivos, se añade otra semana: nacía el Domingo de Septuagésima. Estos añadidos a Cuaresma durarán en la Iglesia hasta el Vaticano II.
Como vimos, desde el s IV la Cuaresma constaba de 6 semanas antes de Pascua y comenzaba el I° Domingo de Cuaresma (o lunes siguiente). Pronto, se notó que, en realidad, esta distribución, no sumaba el número de cuarenta días. El total daba 42 días, a los cuales, si les sacamos los domingos, en que no se ayunaba, solo quedaban 36 días de ayuno. Casiano, y S Gregorio Magno, entre otros, trataron de justificar este número con interpretaciones simbólicas. Por ejemplo, decían que era un número perfecto que permitía ofrecer el diezmo de 360 días.
Pero en el s VI estas razones ya no satisfacían, por lo que se hizo una corrección. Entonces, trasladaron el Inítium Jejúnii del primer lunes de cuaresma al miércoles anterior. Con lo que se sumaban 40 días exactos. De esta manera nacía el Miércoles, y este día pasó a ser el comienzo de la Cuaresma y la bendición de los penitentes. El Ordo 22 de fines del s VIII ha dejado su descripción. Todo el pueblo ser reunía con el pueblo en la iglesia de Santa Anastasia. El Papa abría la celebración y luego se subía en procesión para celebrar la primera Misa de Cuaresma en Santa Sabina. Durante la procesión, se cantaba la ant. Immutémur in cínere et cilicio: vistámonos con cilicio y cenizas.
En el s IX con la reforma carolingia[1], se intentó restaurar la disciplina penitencial pública caída en desuso y su ritual romano. Fue el 813 en un concilio en Chalon-sur- Saône. Se recargó el ritual y para dar una expresión sensible a este texto litúrgico, que en Roma se tomaba en sentido espiritual, se etableció el rito de la imposición de la ceniza a los penitentes. Es el nacimiento de nuestro actual Miércoles de Ceniza. El hecho de cubrirse con ceniza en señal de duelo aparece abundantemente en el Antiguo Testamento[2], y los cristianos de los primeros siglos lo hacían en privado. Tenemos entonces al obispo que, el Miércoles de Ceniza impone la ceniza y el cilicio a los penitentes y los expulsa simbólicamente de la iglesia. Con ello, ya no se significa la entrada al Ordo paenitentium de la era de los mártires, sino la ruptura de la comunión con la Iglesia al cometer públicamente faltas graves.
En los rituales carolingios se detallan una serie de minuciosos ritos que se añadieron, incluso las homilías e intervenciones que tenían que decir el obispo y los ministros. Así, vemos que luego de la imposición de las cenizas, se cantaba con el pueblo los Salmos Penitenciales y las letanías de los Santos. Seguidamente, el obispo les explicaba el rito, recurriendo a la tipología de la penitencia de Adán expulsado del paraíso por Dios, quien le dice: Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra pues de ella fuiste tomado; ya que polvo eres y al polvo volverás[3]. Con la caída, Dios expulsa a Adán del paraíso, figura de lo que sufrirían temporalmente en cuaresma estos penitentes, hasta que hayan hecho la debida penitencia. Enseguida, los penitentes con una vela a la derecha, se tomaban por la mano izquierda, el obispo tomaba la del primero de la fila, y se formaba el imponente cortejo hacia el exterior del templo, mientras la schola cantaba un solemene responsorio alusivo al pecado de nuestros primeros padres en el Edén, y la sentencia de expulsión de Dios.
A los penitentes se les reintegraba el Jueves Santo. Para este día, se celebraban tres Misas: una para reconciliar a los penitentes, otra para la bendición de los santos Óleos, y una tercera en la que se distribuía la Comunión. El ritual carolingio del s VIII es de gran dramatismo.
Los ordos galicanos prescriben ritos muy expresivos. Los penitentes acudían temprano a las puertas del templo. El Obispo, el arcediano, un diácono y cuatro subdiáconos, todos revestidos, cantaban con el clero y el pueblo los Salmos Penitenciales y las Letanías de los Santos. Cuando se llegaba a la invocación de los Patriarcas, obedeciendo a una señal del Obispo, dos subdiáconos con las velas encendidas en la mano, salían al encuentro de los penitentes, en el umbral del templo y allí cantaban: Vivo ego, dicit Dóminus, nolo mortem peccatoris, se ut magis convertátur et vivat (Vivo yo, dice el Señor, no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva). Después, apagando las luces, cerraban la puerta y continuaban la letanía. Al llegar a la invocación de los Santos Mártires, otros dos subdiáconos repetían la misma ceremonia cantando: Dicit Dóminus, poeniténtiam agite; appropinquávit enim regnum caelórum (Dice el Señor, haced penitencia, porque se aproxima el Reino de los Cielos).
Posteriormente uno de los diáconos más ancianos, llevaba a los penitentes la noticia de su cercana absolución, y les encendía la vela esperando a que terminen la letanía. El arcediano se dirigía al obispo, diciéndole que había llegado el tiempo de la salvación de todos porque con su muerte en la Cruz, Cristo había dado muerte al pecado de todos, y esta misma gracia se daría en ese momento, si el admitía a los neófitos y a los penitentes al Bautismo. En unos por el agua, en otros por las lágrimas. El obispo le respondía exhortando a los penitentes para que no desconfiaran de la misericordia de Dios. Luego la schola invitaba a los pecadores para que se acercaran al obispo.
Una vez cantado el Salmo 33: Benedicam Dominum, los penitentes entraban procesionalmente a la iglesia tomados de la mano derecha del obispo. Ya en la cátedra, cantaba un bellísimo prefacio que recordaba la misericordia de Dios para con Acab, Pedro y el buen ladrón, luego los absolvía.
En el s X el ritual renano penetra en Italia. El concilio de Benevento de 1091 extiende a todos los fieles cristianos la imposición de la ceniza. Y en el s XIII con la total desapirición del Ordo poeniténtium se realiza este rito para toda la Iglesia, y entra a formar parte de la liturgia papal.
Y desde entonces la historia ha contemplado al Papa, el clero y el pueblo romano, reunidos el Miércoles de ceniza primero en la iglesia de Santa Anastasia descalzos, donde se les imponía las cenizas. Luego todos se dirigían en solemne procesión y lágrimas hacia la colina del Aventino en dirección a la Basílica de Santa Sabina, bajo cuyo pórtico había un cementerio. Allí, se detenía el cortejo, y la Schola cantaba el responsorio fúnebre Immutémur habitu in cinere et cilicio... ne súbito preocupáti die mortis, (cambiemos nuestros vestidos por la ceniza y el cilicio... no sea que sorprendidos por una muerte súbita busquemos el tiempo de arrepentirnos y ya no podamos encontrarlo. Luego el Papa absolvía a los difuntos y se entraba en la Basílica. Este es el origen de estas piezas que hasta hoy están en el Graduale.. Este impresionante ritual usado en Renania el s X se mantuvo hasta el Vaticano II, pero nunca se puso en práctica en Roma.
El Vaticano II ha devuelto a la Cuaresma sus dimensiones[4]. Fuera de la reconciliación de los penitentes del Jueves Santo, le ha restituído, al menos en el Ciclo A, las lecturas y los eucologios de los cinco domingos de Cuaresma de la antigua celebración, y se le ha unido la preparación catecumenal. Las lecturas del Ciclo A son obligatorias en las iglesias que preparan a los catecúmenos al bautismo. Durante la Cuaresma hay una preferencia por el Evangelio de S Juan. Es sabido que muchos exegetas consideran que S Juan escribió dando a su Evangelio un significado y orientación bautismal. Se destacan las lecturas de S Juan del Ciclo A a partir del domingo III:
· Dom. III: Jn 4, 5-32: La Samaritana.
· Dom. IV: Jn 9, 1-41: El ciego de nacimiento.
· Dom. V: Jn 11, 4-5: Resurrección de Lázaro.
El actual Ordo Initiatiatinis Christianae Adultórum se ha inspirado sobre todo en la Tradición Apostólica de Hipólito de Roma (s III) y el Sacramentario Gelasiano (s VIII), y sigue con su insersión en Cuaresma.
P GUILLERMO RICARDO J CASTILLO OSB
[1] Cfr A I SCHUSTER OSB: Liber Sacramentórum Tomo I, Cap IX: Pecadores y penitentes. ROUILLARD, Philipe OSB: art Pénitence en Encyclopedie du Catolicisme tome X ; Paris 1985.
[2] Jos 7, 6; 2 Sm 13, 19; Ez 27, 30; Job 2, 12 y 42, 6; Jon 3, 6; Est 4, 3.
[3] Gn 3, 19.
[4] Cfr NOCENT, A OSB: Art: Iniciaciación cristiana, p 1060 ss. En Nuevo Diccionario de Liturgia, Ediciones Paulinas, Madrid 1987.

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